Rechazo a volar: ¿locura o tendencia?

Aunque su impacto en CO2 es inferior al de otras industrias y sectores de transporte, la aparición de movimientos sociales contrarios a volar ha elevado las críticas al primer plano de la actualidad. ¿Podemos permitirnos dejar de volar?

Planeta 2030

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La primera fue la activista ambiental sueca Greta Thunberg cuando, apuntándose al movimiento flygskam (Vergüenza a Volar), renunció a viajar a la COP25 de Madrid si la opción era hacerlo en avión. Le han seguido después otras iniciativas, como la red Stay Grounded. Hasta el papa Francisco se ha sumado a las críticas contra el sector. Sea cual sea la persona, la organización o el movimiento, todos tienen la misma queja: las elevadas emisiones del sector aéreo. Pero, realmente, ¿cuánto contaminan los aviones?

Las emisiones de la aviación representan el 2,5% de todos los gases de efecto invernadero producidos por la actividad del ser humano. ¿Dónde está el problema entonces? En las proyecciones futuras. Mientras otros sectores de transporte y energéticos vislumbran alternativas para una reducción efectiva de sus emisiones, las proyecciones del sector aéreo señalan un crecimiento del 300% para 2050, y las previsiones es que las emisiones de CO2 y NOx aumenten al menos un 21% y un 16% respectivamente para 2040, según el Informe Medioambiental de la Aviación Europea 2019, de la Agencia para la Aviación Segura de la Unión Europea (EASA).  Si a eso añadimos el hecho de que el impacto climático de los gases emitidos por las aeronaves es difícil de cuantificar, la controversia está servida.

Los gases emitidos por los motores contienen, tal y como recoge el informe Impacto de la aviación sobre el Medio Ambiente, de la Universidad de Sevilla, entre un 7 y un 8% de monóxido de carbono (CO2), además de vapor de agua, un 0,5% de óxido nítrico (NO), dióxido de nitrógeno (NO2), hidrocarburos sin quemar, óxido sulfúrico (SOx) y pequeñas cantidades de partículas de hollín. El resto, es decir, entre el 91,5 y el 92,5% de los escapes de motores de aviación se compone de oxígeno y nitrógeno atmosféricos normales.

El Consejo de la OACI, la agencia de Naciones Unidas especializada en aviación internacional, adoptó el pasado mes de marzo una serie de decisiones dirigidas a implantar su plan de compensación y reducción de carbono (CORSIA). Su objetivo a nivel global es conseguir que el crecimiento de las emisiones de carbono internacional sea neutro a partir de 2020, tomando como punto de comparación el periodo 2019-2020. Entre las medidas adoptadas se encuentran el establecimiento de nuevas reglas y procedimientos, la implantación de tecnologías innovadoras y aviones más eficientes, y la implementación de nuevos combustibles alternativos y sustentables. Se calcula que CORSIA ayudará a reducir aproximadamente 2.500 millones de toneladas de CO2 entre 2021 y 2035, lo que supone una media anual de 164 millones de toneladas de CO2. Todo ello permitirá destinar hasta 40.000 millones de dólares (36.304 millones de euros) en proyectos de descarbonización.

Por su parte, la industria global del transporte aéreo se ha comprometido con dos objetivos concretos para reducir su parte del 2,5% de las emisiones: mejorar la eficiencia del consumo de combustible un 1,5% anual hasta 2020 y con un crecimiento neutro a partir de entonces; y reducir las emisiones hasta el 50% en 2050, en comparación a niveles de 2005.

Las aerolíneas internacionales trabajan ya con opciones alternativas basadas en la investigación y la innovación con el objetivo de identificar nuevas soluciones sostenibles y económicamente viables. Se buscan así combustibles alternativos que eliminen la dependencia de la industria de los combustibles fósiles. En las instalaciones del IMDEA en Móstoles (Madrid) se ha conseguido producir combustible para aviones a partir de energía solar, agua y CO2. El proyecto, llamado Sun-to-Liquid, cuenta con financiación de la Unión Europea y Suiza. El avión eléctrico es otra posibilidad que podría dejar de ser una utopía. La clave está en la densidad energética de las baterías, que deberán alcanzar los 400 Wh por kilogramos para hacer el proyecto viable. Actualmente, las más potentes solo alcanzan los 300 Wh/kg.

Nueve países europeos, entre los que no se encuentra España, pretenden imponer un impuesto al queroseno. Consideran que de seguir adelante esta propuesta, se reducirían hasta un 11% las emisiones de CO2.  La industria, a su vez, se muestra contraria a este tipo de medidas. Cree que sería mucho más efectivo el establecimiento del llamado Cielo Único Europeo (Single European Sky, SES), una iniciativa europea que tiene por objeto reestructurar el sistema de gestión de la navegación aérea del continente y promover su evolución hacia un sistema de transporte más eficaz.

Mientras el ansiado momento llega, ¿podemos permitirnos dejar de volar? Evidentemente, no. Si bien el impacto negativo de la aviación sobre el planeta es real, no lo es menos su enorme contribución para conectar personas, culturas y negocios entre los distintos continentes. Según la Asociación Internacional para el Transporte Aéreo (IATA), existen en la actualidad 1.303 compañías aéreas, que operan 31.717 aviones por 48.500 rutas y en 3.759 aeropuertos de todo el mundo. Su contribución al PIB con 2.7 billones de dólares equivale al PIB total de un país como Gran Bretaña, o al 3,6% del Producto Interior Bruto mundial (2016). La actividad aeronáutica genera 65,5 millones de puestos de trabajo, diez millones de forma directa y el resto de manera indirecta. Se calcula que al ritmo de crecimiento actual, para 2036 serán 98 millones de puestos de trabajo. En 2018, las aerolíneas mundiales transportaron 4.300 millones de pasajeros. El 35% del comercio mundial viaja en avión.

Solo en España, 8 de cada 10 turistas que nos visitan eligen el avión como medio de transporte. La industria española del turismo ve con intranquilidad este tipo de movimientos sociales. Temen que, de seguir adelante, podrían verse amenazados los tres millones de puestos de trabajo que genera el turismo en España. Los movimientos ecologistas, por su parte, consideran que no son tan apremiantes los cambios tecnológicos como los de mentalidad. Proponen así acabar con los vuelos que cubran trayectos inferiores a las dos horas de duración. Reclaman también una subida de los precios de los billetes, y que sean así los usuarios que utilizan este medio de transporte los que asuman su coste.

 

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