Slow travel, cuando el viaje es lo importante

Este movimiento sigue la estela del “slow food" el concepto que en los años ochenta del siglo pasado puso en valor la gastronomía basada en productos de calidad, la biodiversidad y el medio ambiente.

Planeta 2030

Slow travel
Slow travel

Unos lo consideran un estado mental. Hay otros que prefieren definirlo como una filosofía. Los hay incluso que lo relacionan con ese ir contracorriente, pasar desapercibido, mimetizarte con el paisaje y el paisanaje. Sea como sea, el slow travel o viajar lento es un movimiento que cada día cuenta con más adictos en todo el mundo.

El concepto, sin embargo, es esquivo pero no nuevo. Hay que remontarse a la década de los ochenta del siglo pasado para encontrar la semilla de la que germina esta tendencia. ¿Su creador? El sociólogo y gastrónomo italiano Carlo Petrini. Fue él quien propuso por primera vez el nombre slow food. en contraposición a la cultura del fast food que tanto le irritaba. Acaba de saber que en una de las plazas más importantes de Roma, su ciudad, iban a abrir un local con este tipo de comida. Petrini quiso poner en valor la alimentación tradicional y su relación con los productores locales, con la calidad de los productos de toda la vida, con el medio ambiente, con la biodiversidad y la sostenibilidad, concepto que por cierto aún no existía (quedaban algunos años para que el famoso informe Brundtland de Naciones Unidas fuera elaborado).

Al igual que ocurría con la comida, la nueva tendencia del slow travel propone pararnos a reflexionar, echar el alto y bajar el ritmo, otear desde la distancia y disfrutar al máximo del viaje. Es, por tanto, una alternativa al turismo masivo, a ese viajar con prisas rodeados de turistas cuyo máximo interés es hacerse una foto aquí y allá y presumir a la vuelta de las maravillas de su viaje. Es primar las experiencias, el contacto con la gente y su cultura, el empaparte de los lugares y sus costumbres, de sus historias, de sus tradiciones. Para el slow traveller, el viajero lento, el que camina despacio, lo importante no es el destino, sino, como apuntó el poeta Konstantino Kavafis en su eterno poema Itaca, el viaje.

“Cuando emprendas tu viaje a Itaca / pide que el camino sea largo / lleno de aventuras, lleno de experiencias…”

Por eso uno de los pilares fundamentales de esta nueva tendencia es ayudar a cambiar el concepto de viaje tal y como hoy lo entendemos. No se trata de no hacer nada, sino de activar los sentidos, permitirse un instante para mirar y entregarse por completo al disfrute del entorno, de sus gentes, de sus formas de vida. A disfrutar del momento. Por eso, para el viajero que se decanta por esta forma de viajar lo importante no es tanto el destino como el viaje en sí mismo. Se impone la calidad sobre la cantidad, lo auténtico sobre lo banal, lo simple sobre lo complejo.

El éxito de este movimiento, para el que solo se necesita tiempo y ganas para formar parte de él, ha atravesado fronteras y cuenta en la actualidad con una red de ciudades y pueblos, conocida como Cittaslow, que favorecen su práctica en países como Alemania, Gran Bretaña, Holanda, Noruega y España.

Para formar parte de esta tendencia se han de ser una localidad que no sea capital de provincia y tenga menos de 50.000 habitantes. Además, deberá cumplir 59 requisitos, recogidos en grandes categorías: Medio Ambiente, Infraestructuras, Tecnologías al servicio de la calidad humana, Producciones autóctonas y Consciencia de los ciudadanos. Es decir, se trata de lugares que impulsan medidas como la utilización de medios de transporte alternativos, potencian la agricultura sostenible, no tienen hipermercados, vigilan la contaminación acústica y lumínica, conservan el patrimonio cultural o cuentan con una política de zonas verdes significativa.

A día de hoy son diez los municipios españoles que se cumplen con todos estos requisitos y forman parte de la red Cittaslow. Son: Balmaseda, Munguí y Lequeito, en Vizcaya, Begues, en Barcelona, Begur y Pals, en Gerona, La Orotava, en Tenerife, Morella, en Castellón, Rubielos de Mora, en Teruel, y Bubión, en Granada.

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